Milei disfruta abiertamente de la idea de ser un discípulo de Trump. Lo que diga Trump es ley. La política se reduce a la libertad de hacer dinero, cerrar acuerdos que enriquezcan a unos pocos elegidos y luego asegurarse de que nada pueda ser cuestionado. La voz del pueblo no cuenta para nada, a menos que esté entrelazada con los intereses comerciales del partido gobernante o los de sus amigos.
Trump es el dios regional, mientras que los líderes de otros países —especialmente los de tendencia de izquierda— son como el diablo y obra de demonios. ¿Y qué hay de los pobres y demás personas que se encuentran entre los menos afortunados? Milei los invita a mirarse al espejo para descubrir la causa de su suerte en la vida.
Su catecismo religioso no parece ser de mucha utilidad para el aspirante a Trump. Las palabras de Jesús suenan huecas cuando se comparan con una visión tan absolutista del mundo y sus supuestas imperfecciones políticas. Bajo su mandato, el gobierno proporcionará una prosperidad cada vez mayor a quienes ya son ricos. Y para el resto, nada más que una retórica conmovedora diseñada para mostrarles, colectivamente e individualmente, los errores obvios de su forma de actuar.
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